Pesadillas febriles una tras otra aparecen en el carrusel de la noche, dormido trato de seguir el sendero que dicta la fiebre.
La tarde anterior había asistido a una visita guiada por el Patio Maravillas junto con un grupo de chavalxs que venían de un poblado marginal en una ciudad cercana a Lisboa. Según me comento uno de los 2 descubridores de la terraza oculta del patio, estos muchachos venían de una situación muy parecida a la vivida hace 2 semanas en el poblado de Cañada Real en Madrid.
La tempestad se abre paso a través de mi memoria, para descargar una tormenta de imágenes aparentemente sin sentido, me encuentro nuevamente en el patio maravillas, tomo un martillo y un cincel y destruyo el muro que me separa de la terraza clausurada, desde hace 15 años resiste solitaria el paso del tiempo, sin explorar y abandonada. Dentro del patio la luz del día ilumina sus bellos rincones, pero al adentrarme en este nuevo mirador me hallo en la absoluta oscuridad de una noche sin lunas ni estrellas. Encuentro un tejado por el que comienzo a caminar.
El tejado funciona como un portal que me transporta a un edificio lujoso en las afueras de mis sueños, he estado varias veces allí en mis ensoñaciones, pero todavía no lo he encontrado en la realidad. Allí esta la madre del hijo nonato, de padre incógnito, ella personifica mi fiebre alta, junto a ella otras visiones que acuden a la llamada del subconsciente. De mi boca empiezan a manar negras gotas de sangre espesa que ensucian todo el suelo, manchas producidas por la traición y la falta de razón en aquellos días lejanos de promiscuidad y sinceridad.
No consigo recordar más, mi subconsciente me prohíbe continuar por la evocación de mi pesadilla, esta fue sellada de nuevo al despertar, tal y como continua hoy la terraza que ayer abría en sueños.