33 días para que comience mi andanza, tan solo 3 días y la veré.
Escucho las canciones de “fin de un viaje infinito” casi todas las había escuchado anteriormente cuando comenzaba el viaje que me alejo de ella para siempre. Han pasado 5 meses desde que deje nuestro piso y empecé a deambular por pisos de colegas, ocupando sus salones, sus sofás y sus vidas.
Después de los días de promiscuidad y sinceridad, llegan los días de la verdad. Días en los que uno mira hacía dentro, y ve a donde le dirigen sus sueños, días en que miras las utopías arrasadas yaciendo al lado del camino conquistado. De pronto sin más, en mi retiro voluntario, apareció la voluntad del nómada.
Me ejercitaba calibrando la balanza invisible, visitando los elíseos de mi memoria, disfrutando de la suerte contemporánea y de mi posición privilegiada. Reconocía mi falta de preparación para un viaje como el que iba a comenzar… Sabía que el encanto era ese… un hechizo… el sortilegio que produce caminar.
A veces aparece una magia arcana, secreta y espiritual entre un maestro y su discípulo, entre dos enamorados, entre una abuela y su nieta…. Construida con hilos invisibles de plata, se forja una pasarela entre mundos astrales y las conciencias, pudiendo transitar libremente por los sueños de la otra persona, o inclusive asistiendo al unísono a un mismo concepto onírico obviamente visualizado de diferente manera.
La primera vez que me paso algo así, yo tenía entre seis y ocho años no recuerdo bien la edad, pero si recuerdo perfectamente como sucedió todo. Pero para eso debo remontarme a mi primer o segundo viaje astral espontáneo y al desolador paisaje que los rodea.
Tenía poca edad cuando mis padres se separaron… escenas de violencia, de cruda y puta violencia hirviendo en su punto. Alcoholismo, la mesa con la cena volando por los aires (aquella noche había filetes rusos era mi comida favorita), una estantería con cientos de libros cae sobre mí, muebles rotos, la cabeza de mi madre golpeada brutalmente contra la pared del descansillo del 2º C, los vecinos a empujones con aquel borracho, la policía, mi padre… eso no era mi padre. La violencia acompaña todos esos recuerdos, se apretujan desordenadamente en algún lado de la mente.
Tenia pesadillas habitualmente, numerosas y sudorosas pesadillas, escalofriantes sensaciones de pánico antes de entrar en mi cama, terror de corte surrealista. Las sensaciones del tacto deformadas y un sentimiento de paranoia intenso, sentía que me observaban mientras dormía para hacerme algo. Quizás por eso jamás he podido dormir en sabanas que estén rígidas o bien planchadas.
Acabe tomando pastillas antes de acostarme durante un año o dos, nunca he llegado a saber de que se trato, si era un placebo o un medicamento real. Al poco tiempo de dejar de tomar aquellas capsulitas rosas proseguí con mis sueños, esta vez afortunadamente no tenia pesadillas. Pero eran sueños muy confusos, algunas veces me costaba distinguir al levantarme si había soñado o realmente todo lo que había sentido y visto era real.
De esa racha de sueños difusos, hay uno que recordaré por el resto de mi vida. El de los agujeros negros, su contenido ahora en la distancia me parece irrelevante. Pero la gran incógnita surgió cuando Noelia una amiga de mi hermano, me preguntaba esa tarde en el parque jugando ¿Qué tal por los agujeros negros?… con tan solo 8 años yo alucinaba… ¿había estado ella allí?, ¿Cómo podía saber ella nada de todo aquello? ¿Por qué aquella niña me hacía aquella pregunta?, sin duda ella sabía que yo había pasado toda la noche entrando y saliendo de agujeros negros.