Llevo todo el fin de semana sin salir de marcha, tranquilamente acurrucado en tú recuerdo, ahorrando la pasta que me permita viajar el máximo tiempo posible. Ayer por la noche esperaba cenar con mi hermano, al final no pudo ser porque se presento como voluntario para hacer turno extra en la cárcel donde trabaja en Valdemoro. Cuando me entere no era demasiado tarde para salir, serían las diez y media de la noche, pero prefería pasar esa noche encerrado en casa, con la botella de Ron bien cerca, además quería verle a la mañana siguiente y de ese modo seguro lo conseguiría.
Me he levantado pronto para ser domingo, no son ni las 11 de la mañana, acabo de hablar con él y parece que ya estaba de camino de nuevo a León, cuando le llame me contó lo que había pensado cuando salía de su jornada en aquel infierno sobrio y gris. Me explico que salio a las ocho de la mañana de ese domingo creyendo que yo estaría llegando a esas horas a casa, seguramente borracho con resaca y acompañado por alguna chica. No se lo puedo reprochar, solía ser lo más habitual…
12 o 13 minutos han pasado desde la conversación en la que me comentaba que se encontraba de camino a León, pero algo de remordimiento ha debido surgir de su cabeza porque me ha vuelto a llamar, para decirme que regresaba para verme… al colgar el teléfono y saber que finalmente vendría, mis lagrimas han empezado a brotar, primero con el dolor de un cuerpo que no quiere llorar… luego con la natural desesperación con la corre un rió sin control.
6 o 7 minutos pasan y recibo otra llamada, mi hermano de nuevo para decirme que finalmente le da pereza regresar hasta Madrid, yo con los ojos empapados le digo que no pasa nada, que nos vemos la próxima semana, al colgar el teléfono me doy cuenta de lo inútiles que son mis lagrimas y de que hoy me he levantado algo tocado de la moral… quizás la ramita preferiría que la corriente se la hubiese llevado ya lejos de aquí.
Mediodía del domingo el blues pone la banda sonora a este momento, pienso en toda la ciudad desperezándose al unísono, miro por la ventana y observo el ir y venir de la poca gente que se encuentra por las calles, me siento un poco solo, que duda cabe. Una soledad necesitada, buscada y finalmente encontrada. Esta es la parte más importante de todos mis preparativos, la aceptación de lo que busco. La sumisa calma necesaria para mi aventura, debe nacer de mi costumbre para estar solo y ni siquiera reparar en ello. De eso depende en parte el éxito de estos cuatro meses de viaje que comienzan el próximo mes. Luchando contra la raíz de uno de mis problemas eternos, totalmente solo.
Ganas infinitas de beber alcohol… el desayuno es un porro que resiste el paso de los minutos en el cenicero… te he llamado pero tampoco estabas ahí… justo antes de servirme la copa matutina recibo otra llamada… deseo con fuerzas que haya alguien ahí afuera… tú voz … tú voz al rescate de mi alma.
Es mi hermano, me pregunta si he leído el mensaje que me ha enviado. Yo no lo he leído. Finalmente viene en una hora, me dice que no me puede fallar… lágrimas corren y corren en busca de conocimiento… tormenta y lluvia entrando por el patio de mi cara, se empieza a inundar el piso, y corro hacía la azotea de mis pensamientos.