Sábado noche, la capital huele a alcohol y hachis barato, calles de perfumes caros y avenidas de hedores comunes cubren su masificada superficie. Debajo de su piel de asfalto y progreso, corren las venas de un monstruo con sobrepeso que poco a poco se descompone y crea ese tufo por todos conocidos, el que te da la bienvenida cuando entras a un suburbano.
Y quizás será por eso por lo que hoy he decidido no salir del refugio, porque en él se conserva parte de la presencia bienoliente que siempre acompaña a las visitas de la musa acelerada. Guardo celosamente los olores que su fugaz visita dejo, es la única cata que me queda hasta su próxima aparición.
El piano viste mi habitación con bellas notas, blancas… negras… fumo y me deleito con el sabor del oro marrón, le meto otro buche a mi copa de ron, doy un viaje de 20 pasos hacía la habitación, tu cuerpo sigue allí, invisible en la cama. Me pregunto si he corrido hacia un futuro ya vivido, si no seguiré escribiendo las mismas líneas de un inútil y eterno guión.
El cuerpo inmóvil y corpóreo, siente picoteados sus brazos, los músculos petados de hermosas agujetas, generadas el día anterior con el arte de nuestros sexos en lucha. Mis labios saborean el gusto de tu ausencia, el veneno de la vacuna de la hepatitis hace su efecto, la música de Pink Floyd hace el resto…
Sueño con una catedral prohibida, quemada por el negro paso de los años y el tiempo, veo su cúpula medio sumergida en un mar de canales, yo me muevo en una góndola, la conduzco con sigilo, temeroso de que alguien repare en mi presencia, en ese lugar vedado en la época posterior a la gran inundación. Nubes pálidas y densas, canales oscuros y vaporosos, cada palada que mete mi remo al agua, libera los lamentos de las almas que descansan sumidas en su interior. Atravieso la puerta de la gran obra, el paraíso de la humedad, reino de grises y verdes, mi pequeña embarcación navega a 1 metro de distancia de los bellos frescos que resisten en la bóveda, devorados por musgo, caracoles y telarañas, crean el collage más bello que haya visto nunca.
Una luz atraviesa al fondo una vidriera rota, tras ella el sonido de un órgano se eleva por encima de la base que secuencia un sintetizador. Me acerco y veo las luces de cientos de hogueras y las sombras de un ejército de cuerpos desnudos bañados por la intensa emoción. Lo que veo es por fin tierra, la de un cementerio donde se celebra la orgía de la luna muerta. Un improvisado puerto sirve de descanso para las diferentes embarcaciones que en el descansan, gentes de todos los lugares se dan cita allí, supervivientes de la primera envestida. Ramas llevadas por la corriente que ahora descansan al saber que no queda nada, y que presienten que lo peor aún esta por llegar.
Así me siento muchas veces al despertar, una ramita más… Esperando la inundación que permita inflar mi colchoneta y sacarla por la ventana, poder navegar hasta tú balcón, recorrer el mundo con el viento, que quede la maquina enterrada bajo su propio peso, y nosotros libres, para ver cara a cara las inaccesibles perlas que esconden por encima de nuestras cabezas. Iría a por ti, a tú balcón… te daría un remo con una cinta morada, esperan nuestra llegada puertos secretos e islas clandestinas, veríamos encima de las iglesias hundidas los nidos de las cigüeñas, el sol y la luna estarían aún más cerca, y nuestra estrella navegaría en una misma corriente.