Ando rápido, muy rápido, cualquiera que me vea por la calle puede pensar que voy exageradamente acelerado, pero no es verdad, mi ritmo es rápido o muy rápido. Casi nunca acelerado. En mi vertiginoso movimiento, me queda suficiente margen de tiempo para dar los buenos días a la portera, esquivar a alguien que espontáneamente se cruza en mi camino, sonrió a la gente, y muy de vez en cuando, me encuentro con algún atleta anónimo del suburbano, con el que aprovecho para echar una frenética carrera.
Una carrera en el metro es toda una experiencia, corres por los pasillos atestados de gente, esquivando y siendo esquivado por la mayoría de los atónitos espectadores, en un instante se cruza la mirada con el otro corredor, y sientes que quieres ganar, llegar antes que él al andén de la línea 10, pero por encima de todo quieres correr. Avanzas metros y metros de escaleras de metal, saltas los últimos tramos, ayudándote con las barandillas, algunos deslizándose por ellas, todo es licito es la competición. Correr hasta el límite de tus fuerzas, desbocado por los túneles del metro donde se asienta la normalidad del credo.
Aquella mañana, llegaba a la embajada diez minutos antes de que la abrieran a las nueve. El panorama no era favorecedor, una cola transitaba al lado de la puerta de la misma, en principio pensé que se trataba de una de las típicas colas de autobús, pero conforme vi a los primeros hindis con sus saris me di cuenta de que estaba en el sitio oportuno. El problema venia en que no tenia el tiempo necesario para esperar la cola, en una media hora debería estar en mi puesto de trabajo, así que retrocedí el camino andado esta vez encaminándome hacia Indra en vez de a India.
Allí me encontré al mediodía con mis compinches de la tragedia diaria, en aquel parque de cerca de La Moraleja asentamos otro Club Social. No podría decir con exactitud de cuantos he formado parte hasta el momento, lo que si puedo decir es que sin ellos jamás hubiese soportado el asfixiante claustro de 10 años de oficina. Creo que el primero data de mi primera experiencia en la oficina de un servidor de Internet en Málaga, trabaja con el “Moi” mi mentor nos reuníamos en el parque Picasso, a la fresca a fumar porros comer pizza y privar cerveza. Desde entonces jamás he comido en oficinas, lo que me ha permitido por otro lugar conocer a personas fascinantes, y a desarrollar facetas y actitudes con compañeros de trabajo que serían imposibles de otro modo… ya llueva, nieve o haga calor encontraremos un sitio donde poder reunirnos el Club Social.