Desde Madrid en otro refugio prestado, esta vez los benefactores han sido Oscar y Marijo que me han dejado su antiguo piso, sito en el proletario barrio del Pilar, quedan 2 minutos para la medianoche de este lunes…
Alejado por auto prescripción médica de el fin del mundo, y del colorista barrio de Lavapíes. Me adentro en una vida normal, acostándome a mi hora, comiendo al menos una vez al día, alejado hasta el momento de la bebida, de los malos recuerdos que me trae tu portal, y de esa calle que definitivamente no llevaba a ningún sitio.
Comencé con pequeños retos, hechos a la medida de este púgil que ayer, sin ropa, no llegaba a pesar 57 kg. El primer gran pasó para olvidar las calamidades de las otras semanas era tener un sitio donde concentrarme, donde poder entrenar mis músculos y mis letras oxidadas.
El segundo escalón era volver a tener algo con lo que acreditar mi identidad de luchador. Y así lo hice, después de varias horas demostrando mi temple en una cola de la comisaría de Santa Engracia, 5 horas de espera y 1 hora de trámite y deliciosa burocracia para ser más exactos.
De allí salí contento, en parte porque ya tenía todos los papeles necesarios, en parte porque en aquella ocasión había sido yo, por voluntad propia quien había decidido cuando entraba y cuando salía de ese peculiar universo de multas, denuncias, abusos, y confesiones. El tercer y último paso, fundamental para que un noctámbulo peleón como yo caiga dormido, era el más divertido, sano y reconfortante que un ser humano puede degustar. El encanto irreemplazable de una buena paja antes de acostarse.